Hay dos razones principales por las que ningún espectador debería perderse la nueva película de Pixar; una es artística; la otra, sociopolítica.

Aunque Coco, el nuevo filme animado de Pixar que han dirigido Lee Unkrich y Adrián Molina, está muy lejos de ser el que más recaudación ha obtenido en los cines mexicanos el fin de semana de estreno el 27 de octubre, con su trigésima sexta posición, de lo que sí puede presumir y con mayor motivo es su reinado como el más taquillero de la historia en el país, tras deponer a Los Vengadores (Joss Whedon, 2012) y los 827 millones de pesos que amasó al alcanzar ya los 1.018 millones; y los que le queda. Porque los ciudadanos mexicanos han comprendido muy bien lo que es esta película sobre sobre un chamaco entusiasta, compatriota suyo, que se enfrenta a su familia de zapateros por su intención de dedicarse a la música, y el Día de los Muertos acaba viviendo aventuras inesperadas en el Más Allá.

“Su origen viene del amor por México. Y una verdadera afinidad por su gente y su cultura”, dijo Molina el pasado agosto a la prensa en la sede californiana de Pixar en Emeryville. “Queríamos compartir ese amor, creando esta carta de amor a México”. Y ante una pregunta sobre de qué manera se puede representar a este país y su conocida tradición sin precipitarse en clichés, no como en Los tres caballeros (Norman Ferguson, 1944), y conservando el sentido del humor, su respuesta fue lo que sigue: “Creo que es algo que siempre supimos, que teníamos la responsabilidad de tratarlos con respeto en nuestra historia. Pero lo genial de la cultura mexicana y la celebración del Día de los Muertos es que es una fiesta; hay tanto júbilo que te permite divertirte de la forma en que Pixar ya lo hace: con humor basado en los personajes y la historia”.

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Adrián Molina y Lee Unkrich – Pixar

Unkrich ya se había referido en diciembre de 2016a Coco como “una carta de amor a México”, y esta idea demuestra que hay personas decentes y cabezas pensantes en este Estados Unidos que metió al xenófobo Donald Trump en la Casa Blanca, un sujeto que, durante la campaña electoral, aseguró que los mexicanos que llegan al país son violadores y criminales y que pretende construir otro muro fronterizo de la vergüenza para separar más el territorio de México del estadounidense, provocando una gran oleada de rechazo internacional. Aunque no debe resultarnos asombroso que esta “carta de amor” provenga del cine, y menos tratándose de Pixar, que ha llevado a la animación a sus cotas más altas de dignidad técnica, artística, intelectual y emocional para todos los públicos.

Estos días circula por las redes sociales el chiste de que, si los estudios de Emeryville se plantearon lo que ocurriría si los juguetes tuvieran sentimientos para elaborar Toy Story (John Lasseter, 1995), si los tuviesen los coches para Cars (Lasseter, 2006), si los tuvieran los robots para WALL·E (Andrew Stanton, 2008) y si los tuviesen los propios sentimientos para Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), ahora se han propuesto mostrar lo que sucedería si los mexicanos los tuvieran para Coco. Y esta broma irónica no es ninguna tontería pueril, pues apunta directamente al corazón de la xenofobia que ha resurgido con orgullo en Estados Unidos tras la victoria de Trump, sin el sonrojo que debiera provocarles a los que la enarbolan porque se sienten legitimados por su Presidente, de madre escocesa y abuelos alemanes.

Y, además de la calidad meridiana de la película, esa es la razón de que los espectadores de Estados Unidos deberían abarrotar los cines como en México para ver Coco, para que sus personajes y su drama les despierten la empatía poderosa que necesitan con urgencia indiscutible. “El Día de Muertos es una celebración tremendamente abierta y generosa, con conceptos universales como lo que significa la familia, de la muerte y la idea universal de que a todos se nos acaba la vida en algún momento”, ha explicado Gael García Bernal, que dobla a uno de los personajes del filme en inglés y en español. “Yo creo que todo el que vea la película se va a sentir identificado; presenta preocupaciones que todos hemos tenido”. Si se sintiesen como dice el actor mexicano, quizá otro gallo cantaría en Estados Unidos para la hostilidad contra la inmigración mexicana.

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Gael García Bernal – Pixar

Pero esto no sólo lo necesitan en este país norteamericano, porque el impulso xenófobo se ceba fácilmente con la población de multitud de lugares del mundo, muy en especial ante dificultades económicas, aprovechadas por demagogos como Trump o Nigel Farage, político británico pro-Brexit, para afirmar que los inmigrantes le arrebatan los puestos de trabajo a los ciudadanos autóctonos (¿como la eslovena Melania Trump?) y, a la vez, vaya, parasitan las ayudas estatales por desempleo y delinquen para conseguir billetes en un curioso ejercicio triple del inmigrante de Schödinger; y en esta época de terrorismo yihadista global, que sirve de excusa al mismo Trump o a la ultraderechista francesa Marine Le Pen para proponer que se impida el acceso al suyo a personas de países musulmanes.

En el caso concreto de los mexicanos, a los que los xenófobos españoles llaman “panchitos” y lo generalizan a todos los habitantes de Latinoamérica, que les parecen indistinguibles, o “sudacas”, lo cual confirma la relación entre la xenofobia y la ignorancia increíble por la que desconocen que México es un país norteamericano, entran en el cupo de los que son víctimas de los hostiles a la inmigración en no pocos sitios. De manera que **una película tan agradable, hábil y vigorosa como Coco debería llenar las salas del planeta entero y que, así, cualquier persona susceptible de caer en las redes del populismo xenófobo se vacune aunque sea una pizca contra su lacra intolerable. Porque quien no se encuentre al borde de las lágrimas en varias escenas de su emotivo tramo final, y si se me permite la exageración, debería temer que está muerto por dentro.

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